¿Alguna te has detenido a pensar realmente en el comentario que el apóstol Pablo hizo en Romanos 9:3? (Veámoslo en NVI desde el v.2 para entrar en su contexto): “Me invade una gran tristeza y me embarga un continuo dolor. Desearía yo mismo ser maldecido y separado de Cristo por el bien de mis hermanos,…”

¡Pablo! ¿Hablas en serio? ¿O es que mentalmente divagas y dices cosas sin sentido debido al estrés? ¿Maldito? ¿Apartado? ¿Por siempre? ¿No has escuchado que debes tener cuidado con lo que dices? Es posible que ahora estés pensando: espera un minuto…  Pablo sabía que no podía hacer eso. Él sabía que sólo Cristo puede ofrecer la redención y Pablo sabía que la salvación que tenía estaba segura… para siempre. Él mismo había dicho unos cuantos versículos atrás (en 8:38-39) que estaba convencido de que nada puede separarnos del amor de Jesús.

Sí, tal vez el deseo  estaba en su mente y corazón. Pero a pesar de que solo en Jesús está la promesa, no deberíamos perder de vista la intensidad y el afecto por la salvación de las personas que amaba.

Piensa en la gente que amas que no conoce al Señor… Dios nunca te pediría que renuncies a tu salvación (no podrías de todos modos), pero el Señor seguro te está pidiendo que ores más; que des más; que sirvas más; que ames más. Que los demás puedan ver a Jesús en ti, por causa de tu amor apasionado por la salvación de los demás… En el amor de Cristo…