¿Donde Me Estoy Metiendo?

¿Donde Me Estoy Metiendo?

¿Quién no ha pasado por tormentas en su vida? Si alguien dice que nunca ha pasado por alguna tormenta, en realidad solo se estaría engañando a sí mismo. Las tormentas, pruebas, situaciones, o como se quieran llamar, son parte intrínseca de la vida humana. Nadie está libre de ello, por esa razón, lo mejor es aprender a convertirse en experto en tormentas, para que cuando llegue el día malo, podamos no solo resistir sino que también podamos aprender a ver que de bueno puede darme a mí una tormenta.

Pero como cristianos que somos, sabemos que podemos englobar las tormentas en tres categorías: las que Dios permite, las que Satanás nos trae y en las que nosotros nos metemos. La pregunta del millón viene a ser, la tormenta que estoy pasando ahora mismo ¿de dónde viene?

Y lamentablemente es muy usual que nosotros mismos nos metamos en problemas, aun cuando Dios ya nos advierte de las consecuencias. Nos aventuramos a explorar o a probar nuevas cosas sin medir los posibles resultados. Cuando zarpamos del puerto sin contar con la aprobación de Dios para ciertas cosas que queremos emprender (trabajos, empresas, relaciones, algún estudio), por lo general se nos va a hacer cuesta arriba, y solo depende de nuestro ego el salir más rápido o más lento de la tormenta. El ego lo es todo para las tormentas en las que nos metemos, pues cuanto antes seamos capaces de reconocer nuestro error, antes Dios nos pone a salvo, sobre aguas tranquilas.

Pero una cosa es estar en una tormenta por una mala decisión, como cuando empezamos un trabajo solo para darnos cuenta al tiempo de que no fue la mejor de las opciones. Y otra cosa es estar en una tormenta por nuestro propio pecado, como cuando una persona miente, roba o menosprecia a otra persona.

Tomemos como ejemplo al pueblo de Israel. Ellos, al salir de Egipto, solo iban a tardar unos pocos días en llegar a la tierra prometida. En cambio, se demoraron 40 años en medio de un desierto. Su testarudez y pecado hacía que Dios les hiciera dar vueltas y vueltas en medio de la tormenta, porque sencillamente la condición en la que se encontraba el pueblo no era la adecuada para conquistar y apoderarse de una promesa de Dios. Si no habían valorado la libertad que Dios les había dado, ¿qué esperanza quedaría para cuando entraran en la tierra prometida? No fue sino hasta que desapareció hasta la última de las personas que se mantenían en esa testarudez cuando el pueblo de Israel avanzo en la conquista de la promesa de Dios.

Lo mismo puede ocurrir con nosotros. Tenemos que examinarnos a nosotros mismo para ver si la tormenta que podamos estar pasando en este momento se deba a algún tipo de acción recurrente en nosotros que Dios no aprueba.

Jesús y el perdón que nos ofrece es el ancla de nuestro barco en medio de la tormenta que nosotros mismos hayamos provocado. Una vez puesta nuestra esperanza y nuestro ego en Jesús, solo cabe esperar a que la tormenta aminore para poder disfrutar del buen tiempo que nos regale el Señor. Pero recordemos, siempre vendrá otra tormenta, pero esta vez estaremos preparados, sabiendo que Jesús es nuestra ancla.