Hace tan solo dos semanas estábamos celebrando lo que mundialmente se conoce como Semana Santa. Durante esta semana se celebra el hecho de que Jesús padeciera por toda la humanidad para redimirla, y de esta forma ser intermediario entre el Padre y cada persona en particular. Es una fecha que afectó, afecta y sigue afectando a un gran numero de gentes alrededor del mundo. Ademas, es un evento tan importante que fue capaz de partir toda la historia de la humanidad en dos partes: Antes de Cristo y Después de Cristo. Sin embargo, hoy compartimos un hecho que muchas veces puede pasar desapercibido. Estoy hablando de qué paso con los discípulos de Jesús durante estas fechas.

Sitúate en escena. Tu mentor, en quien depositaste toda tu esperanza acaba de fallecer, los lideres religiosos y políticos te tienen en la mira, sabiendo que si das un paso en falso te apresarán. Cierto es que los discípulos, ante tal panorama, tuvieron un gran consuelo: fueron de los pocos privilegiados en ver a Jesús resucitado. Pero ante tal milagro, uno se espera que tu líder siga al frente tuyo. Sin embargo lo que hizo Jesús fue dar un sencilla orden: Esperad. Y sin mas desapareció. No había otra direccion, los discípulos tenían que quedarse en Jerusalen a recibir “la promesa”. Gracias al relato bíblico nosotros hoy día sabemos que fue lo que ocurrió. Pero estos hombre no sabían que es lo que iba a pasar. Los días transcurrían, y ellos seguían esperando, leales y fieles al mandato dado por su Señor.

Muchos pueden haber sido los pensamientos que estos hombre tuvieron durante estos días. Desesperanza, mentira, engaño, vergüenza. No podían palpar aquello que Dios había prometido aun. Pero se mantuvieron juntos, seguían orando, y mientras oraban, todas esas sensaciones negativas desaparecían, porque Dios les daba consuelo.

Al final llego la promesa tan esperada. Ellos se alegraron. Pero no se quedo allí. La promesa no fue el final, sino el principio. La iglesia había comenzado. Uno puede pensar cuando Dios responde a una petición tan esperada: ¡Por Fin!. Pero lo cierto es que la respuesta de Dios es el comienzo de otra etapa, con sus peticiones, pruebas, angustias, alegrías y respuestas. Pero todo empieza con una sencilla orden: Espera mi promesa.